“Dejad que los niños se acerquen a mí porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt. 10, 14)
En una de las últimas presentaciones de la gira Mar Adentro, mis compañeras y yo, dialogábamos con una de nuestras hermanas del ministerio Anima Christi. Ella hablaba sobre lo especial que resulta participar de las experiencias de fe que tienen nuestros niños. Todas nos miramos y sonreímos con complicidad, a la vez que compartimos con esta hermana algunas anécdotas. No era la primera vez que se nos sugería escribir sobre las mismas, de modo que con el avalo y bendición de Papa Dios hoy comienzo a compartir algunas con ustedes.
Tengo dos hijos varones. Juan Andrés es el mayor y tiene seis años. Ramón Enrique es el menor y tiene tres. Inicialmente la condición de autismo de Juan Andrés imposibilitaba una relación “normal” entre él y su hermano más pequeño.
Era difícil para nosotros encontrar esos puntos medios en los que ambos niños pudieran congeniar. Todo lo concerniente a Ramón le incomodaba a Juan; desde sus juegos hasta su llanto. Muchas personas piensan que como padres de un niño autista, somos unos “tártaros” en el tema. Pero la realidad es que aunque hemos leído lo inimaginable, asistido a seminarios y tomado cursos, solo Dios conoce lo que hay en el corazón de Juan Andrés.
En una ocasión una señora le dijo a mi esposo que le rezara cada noche a Juan la siguiente oración: “Jesús, Jesús; llena mi corazón de amor. Jesús, Jesús; llena mi corazón de amor. Jesús, Jesús; llena mi corazón de amor.” Tendría unos tres años en aquel entonces. Mi fe era inmadura pues pensaba que Juan no iba a internalizar tal rezo. Actualmente, la recita cada noche y es uno de los más hermosos regalos que nos ha concedido el Señor.
Por alguna razón y paralelo a este rezo, Juan comenzó a sentir una gran fijación con Jesús en la cruz. Inició su colección particular con una cruz de Juan XXIII que era propiedad de mi papá. En una de las paredes del cuarto que comparte con su hermanito, le colocamos un Sagrado Corazón de Jesús y a ambos lados del mismo, una cruz para él y otra para su hermano menor porque así lo solicitó. No entendía tal fijación hasta el día que visitamos la librería Anawím. Había que ver su rostro ante la pared llena de crucifijos, tal parecía que estaba en Disney World.
Cada visita suya a una capilla o iglesia implicaba un momento de contemplación ante el crucificado. Finalizada la celebración eucarística había que llevarlo ante el altar donde intercambiaba palabras con Jesús. Así que no era de extrañar su reacción el pasado Jueves Santo. A las chicas del Ministerio Emunah nos tocó preparar la imagen de María Dolorosa para el sermón y procesión de La Soledad. Mi esposo Johnny trajo a los chicos y mientras él ayudaba a los ministros en otras tareas; Juan y Ramón se mantenían por el área observando. Uno de los ministros se me acercó y me dijo: “No imaginas lo que hacen tus hijos allá adentro”. A tal comentario dejé lo que estaba haciendo y cuando me asomo al almacén veo y escucho que mis hijos están dialogando entre ellos ante la imagen del crucificado (tiene unos 6 pies) y no solo eso; la expresión en sus caritas valía más que mil palabras.
- "Juan y Ramón, ¿Qué están haciendo?”, les pregunté.
- Juan Andrés me contestó: “Mama sesecitamos um maltillo pala bajal a Jesús de la kiuz." Dirigiendose a su hermano le preguntó: “Riamón, ¿Dónde está e paño?; vamos a limpial la sanguie de Jesús en la kiuz”.
- “Sí Juan, vamos”, le respondió Ramón muy convencido.
Ellos lo sobaron, le limpiaron la sangre de sus pies y hasta se los besaron. Le decían palabras de aliento, sin parar de lamentarse por el sufrimiento de Jesús. Los observaba y daba gracias a Dios por ese momento, porque a través de Él, mis hijos habían logrado lo que nosotros en tanto tiempo no habíamos podido: que se trataran como hermanos. Fue cuando comprendí que me faltaba mucho por aprender… Con Dios todo es posible, para El no hay imposible.
¡Bendito y alabado seas mi Señor! Al presente, cada domingo antes de subir al espacio que el ministerio tiene designado para cantar; hay que parar en el confesionario para “saludar a mi amigo Jesús”.
-“Ven Riamón, vamos a ver a Jesús".
- “Si Juan, vamos”.
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