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LA ALABANZA AGRADA AL SEÑOR

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Por Arelis Marrero

Hasta hace muy poco tiempo, me consideraba una analfabeta carismática. Aunque he crecido en la Iglesia y vivido mi fe activamente desde joven, la espiritualidad carismática no me gustaba, o más bien, la desconocía por completo. Criada en un estilo muy tradicional, de mucha contemplación y oración en silencio, me distraía y hasta me molestaban los momentos en que otras personas oraban en voz alta a mi lado. 

Soy una persona abierta a los cambios, así que cuando en mi parroquia, gracias a un nuevo sacerdote, la comunidad comenzó a vivir una transformación hacia una espiritualidad más carismática, decidí darme una oportunidad. Al principio la resistencia en mi era evidente. Algunos de mis hermanos de Emunah se habían abierto completamente, pero yo seguía resintiendo los momentos de oración, la alabanza en voz alta, los gestos corporales. Aunque muy en el fondo sentía curiosidad, quería  experimentar también esa gran efusión del Espíritu Santo de la que tanto escuchaba. Mientras, yo seguía cantando como parte de nuestro ministerio musical y me unía con timidez a los momentos de oración. 

Durante una de las presentaciones de la gira Mar Adentro, tuvimos la oportunidad de cantar en una Misa de Sanación. En el momento de la imposición de manos, casi todos los compañeros del Emunah se unieron al sacerdote para orar por la feligresía allí presente. Yo me quedé con los músicos y con otra de las compañeras para continuar con los cánticos. En un momento dado, me pidieron que orara a través del micrófono y alabara en voz alta. Abrí los ojos incrédula a la petición que me hacían. ¡No tenía ni idea de cómo hacerlo! Pero no me resistí. Hice la invocación al Espíritu Santo que aprendí de niña y que suelo rezar, especialmente al escribir. Sólo traté de recordar lo que hacían y decían mis compañeros e hice lo mejor que pude. La verdad es que al finalizar yo me sentía diferente. Algo en mi cambió para siempre.

El fin de semana próximo participé del Seminario de Vida en el Espíritu con el Padre Darío Bencosme y la comunidad de los Hijos de María Santísima. La Misa de Sanación fue sólo un anticipo para lo que el Espíritu Santo tenía preparado para mí en ese retiro. Allí aprendí que la alabanza agrada al Señor y que no hay que tener miedo de proclamar sus grandezas. En el paraíso todo y todos alaban a Dios, así que es mejor empezar desde ahora, porque es lo que haremos por toda la eternidad.

Redescubrí la riqueza de los salmos y me maravillaba de ellos. Sentía realmente la acción del Espíritu Santo en mí, quitando la venda de mis ojos y abriendo mi mente al entendimiento. Fue entonces cuando pude comenzar a alabar y glorificar al Señor. Ya no me molestaba la oración del que estaba a mi lado, porque sencillamente no la escuchaba, sólo oía mi propia conversación con Jesús, las palabras hermosas que brotaban de mi corazón para glorificarlo.

Durante los momentos de alabanza intensa, recibí grandes bendiciones. Obtuve respuestas a preguntas que le había hecho al Señor. Él mismo me mostró las acciones que debía tomar ante una difícil situación familiar. Pero la bendición más grande fue sentir intensamente su amor, que sus ojos miraban fijamente a mi corazón y que se complacía en mi alabanza.

Todavía sigo disfrutando la oración contemplativa y en silencio. No es para nada opuesta a esta nueva dimensión que estoy experimentado en mi vida espiritual. Pero ya no tengo miedo de abrir mi boca para alabar al Señor y ser dócil a la acción del Espíritu Santo en mi vida.  Si no lo has hecho nunca te invito a que lo intentes. Te aseguro que no te vas a arrepentir. 

"Alabo tu fuerza, desde la mañana celebro tu amor porque tú has sido mi fortaleza, mi refugio cuando estaba angustiado." Salmo 59,17


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